El Batán Hotel Spa

Hay un singular refugio en la sierra sur de Jaén, donde el agua marca el ritmo de todo lo que allí sucede, es El Batán.

El Batán Hotel Spa



Hay un singular refugio en la sierra sur de Jaén, donde el agua marca el ritmo de todo lo que allí sucede, es El Batán.

Su nombre proviene de un antiguo ingenio de agua: una gran rueda y pesados mazos de madera que, lo mismo golpeaban pieles y tejidos para enfurtirlos, que molían el grano o la aceituna. Todo ello, movido por la fuerza del agua.

Porque, efectivamente, El Batán y el agua son uno. Pasado y presente conviven a través de la corriente del río San Juan.

El emblema del lugar es: La torre de El Batán.

Allá por el año 1.243, el poeta andalusí Ibn Said al-Maghribí la describió como: “…una construcción cuadrangular que no solo formaba parte del paisaje, sino que se alzaba como un alcázar, a orillas del único punto de cruce del río San Juan, en una época donde los puentes aún no existían.”

Con el paso de los siglos, la torre perdió su carácter militar y se transformó en silo; un lugar donde el trigo reposaba en verano, antes de que los molinos lo convirtieran en harina para así sostener y fomentar la actividad diaria de la comarca.

La torre aún defiende, con imponente presencia, el vado del río y el puente de Triana, sosteniendo en sus paredes el paso del tiempo.

Otro elemento clave en la historia de El Batán fue: La almazara.

Un edificio de piedra, construido hacia el año 1600, cuya principal característica era el uso de la fuerza del agua para mover las muelas cónicas de granito que trituraban la aceituna.

El agua se conducía a través de un caz que la elevaba, generando la energía necesaria para poner en marcha la maquinaria.

Hoy, la almazara es un espacio de relax, donde el agua ya no tiene que mover aquellas piedras (que actualmente descansan a los pies de la torre)… ahora genera una energía diferente… una que regala equilibrio y calma a quien la visita.

Y por último, aunque no menos importante, el carácter humano de este lugar se debe a, María Encarnación Erazo-Aranda Salazar e Infante XI Condesa de Humanes (1.845).

Alrededor de 1880, heredó de su abuelo importantes propiedades vinculadas al Castillo de Locubín.

Su carácter altruista, le llevó a convertirse en benefactora del pueblo, impulsando mejoras que transformaron la vida de sus habitantes; cabe destacar la aportación para la creación de un sistema de riego que permitió el desarrollo agrícola de las huertas, así como la donación de dichas tierras a los hortelanos.

En sus frecuentes visitas a la comarca, la condesa se alojaba en El Batán.

Con el tiempo, estas estancias se fueron prolongando, y poco a poco, se sintió tan emocionalmente ligada al lugar, que acabó por convertirlo en su residencia señorial.

Aquel espacio, que en sus orígenes fue fortaleza, núcleo y motor económico, se convirtió gracias a ella, en hogar.

Y, sin pretenderlo, hizo de puente entre el pasado, su presente y el hoy.

Y es que, en ese hoy, El Batán es un lugar que nace con la fuerza del agua que entra directa desde el Caz.

Mientras la cascada fluye sin pausa, los muros, la piedra y las rocallas guardan la historia.

La torre permanece. La almazara disfruta siendo spa, y la antigua casa señorial sigue acogiendo, ahora convertida en hotel.

Es un hogar abierto al mundo, donde cada rincón recuerda, pero al mismo tiempo invita a vivir el presente, a detenerse… o tal vez, a dejarse llevar por la corriente.

Agua en movimiento que conecta pasado y presente, que fluye, murmura y recarga, esperando que tú también formes parte de su historia.